sábado, 2 de enero de 2016

Soberanía vs Globalismo

El viejo esquema es cada día más inservible, y la nueva línea de batalla parece enfrentar soberanistas contra mundialistas.

Si el esquema izquierda-derecha llevaba renqueando casi desde su nacimiento, en la lejana Asamblea francesa revolucionaria, que solo ha favorecido a uno de los dos elementos del binomio, este que quedó atrás podría marcarse en los futuros libros de historia como el año que vio romperse el añejo esquema.

Naturalmente, siendo la inercia la fuerza más poderosa del mundo social, la transición tardará en aceptarse, especialmente por unos grupos mediáticos comprometidos con el espectro tradicional. Pero basta con echar un vistazo a los protagonistas del año y las extrañas adhesiones ideológicas que suscitan para advertir que interpretar los nuevos sucesos con la vieja plantilla solo lleva a la confusión.

Katrina Pearson, portavoz de campaña de Donald Trump, uno de esos personajes de 2015 con los que la prensa convencional no se cansa de errar, resume en un comentario en la red social Twitter las nuevas coordenadas "40%  y siguen sin pillarlo. Ya no va de Derecha/Izquierda. Va de Soberanía/Globalismo".

La pregunta inmediata -de hecho, explícitamente planteada- sería: ¿no es esto una mera artimaña para dar nuevos nombres a los mismos bandos? Evidentemente, la novedad no es absoluta, porque en la historia no hay cortes tajantes, pero basta echar un vistazo para advertir que estamos en una escenario nuevo.

Empecemos con el caso del propio Trump. Sí, es un millonario y aspira a la Casa Blanca como candidato del tradicional partido de la derecha en Estados Unidos, los republicanos. Sin embargo, el estamento empresarial y financiero, que cuenta con los millones de inmigrantes ilegales como mano de obra baratísima que mantenga bajo el nivel general de salarios, está frontalmente en contra de Trump, y de hecho todo el dinero de los grandes donantes republicanos está yendo a Jeb Bush y Marcos Rubio. ¿Falsa conciencia, que diría Marx?

Tampoco los votantes de Trump parecen salir de esas élites que la izquierda quiere que veamos, absurdamente a estas alturas, como incorregiblemente conservadoras, sino de la clase trabajadora, si es que esta expresión sigue teniendo algún sentido taxonómico.

Y la oposición de Trump a las alianzas internacionales de libre comercio -Nafta, TTIP- le convierten en incómodo compañero de viaje de todo el movimiento mundial y expresamente izquierdista contra la globalización. De hecho, una de las acusaciones que más a menudo he encontrado en los medios de sus propios correligionarios republicanos contra Trump es que "no es un verdadero conservador". Y no lo es en la visión degradada que pasa por "conservadurismo" entre los republicanos, una reedición del antiguo "lo que es bueno para General Motors es bueno para América": bajos impuestos, escasa regulación y poco más.

Y si las alianzas tradicionales no casan en Estados Unidos, menos aún al otro lado del Atlántico. No podría contar el número de veces que he leído a conservadores y, sobre todo, liberales en mi cuenta de Twitter "demostrar" que el Frente Nacional de Marine Le Pen es en realidad socialista, más cercano a Podemos que a ningún otro de nuestros partidos. Se refieren, claro, a lo económico, porque en una extraña heterogénesis de los fines, la derecha, que renació para oponer valores inmateriales al paneconomicismo materialista de Marx, lo cifra ahora todo en los números, mientras que la izquierda para la que todo era economía es ahora la guardiana de los valores culturales.

Es cosa sabida que el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen se nutrió con los votantes de los barrios obreros decepcionados con una izquierda no ya ignorante de sus verdaderos intereses sino activamente hostil a los mismos.

Si las líneas de batalla siguieran siendo izquierda contra derecha, entonces la derechización de Francia sería abrumadora -sumando FN con los gaullistas de la UMP- y estos últimos hubieran votado en las pasadas elecciones regionales con sus 'correligionarios' de Le Pen que, además, eran los más votados en la segunda vuelta. Que no lo hicieran, que se aliaran de hecho con sus supuestos 'contrarios' para derrotar a los del FN es una prueba evidente más, si fuera necesaria, de que ya no van por ahí los tiros. Y quien dice Frente Nacional, naturalmente, dice multitud de nuevos partidos que en toda la UE están ganando ascendencia para horror del establishment mundialista.

Putin es otro de los personajes que vuelve loca la brújula del espectro político tradicional. Ese blando consenso que nos gobierna en dos alas denominadas por conveniencia "izquierda" y "derecha" -para entendernos el PSOE y el PP con sus equivalencia en todo Occidente- se opone al que llaman, paradójicamente con una popularidad que ronda el 80%, 'dictador' ruso, mientras que la nueva derecha y la extrema izquierda le apoyan con entusiasmo en la escena internacional, en Ucrania, en Siria. Los propios rusófonos del Donbas hacen explícita la confusión en sus manifestaciones, en las que la imagen de Lenin y la hoz y el martillo marchan hermanados con iconos religiosos, banderas zaristas y retratos de Nicolás II.



La identidad es el nuevo eje ideológico. El hombre es incurablemente tribal y, de hecho, la izquierda se ha apoyado en las últimas décadas no en su tribu original, el proletariado, sino en multitud de colectivos presuntamente oprimidos, sus nuevas tribus 'transversales', que van desde los homosexualistas hasta los animales y el propio planeta. Pero como comprobaron con decepción los marxistas con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el hombre es también territorial, y las tribus naturales, a la larga, funcionan mejor que las ideológicas. Todo gira en torno a un concepto que popularizó Ibn Jaldún en el siglo XIV: 'Asabiyya' o cohesión social, la base de todo gobierno estable.
Francis Fukuyama llamó al consenso de posguerra tras la rendición del bloque soviético 'el fin de la Historia', y aunque la Historia, por no hacer mudanza en su costumbre, no ha tardado en contradecirle, sí acertó, al menos, en que se ha cerrado una etapa en las guerras de poder, y que en no muchas décadas "izquierda" y "derecha" probablemente suenen a nuestros descendientes como hoy nos suenan "güelfos" y "gibelinos".

Los grandes perdedores son la élite mediática, que sigue emperrada en el viejo esquema que le ciega para entender los nuevos fenómenos. Por volver a Trump, no hubo medio de algún peso que no recibiera la candaditura de Trump como una broma, negándose incluso a discutirla en serio hasta que fue imposible ignorarla. La distancia que el millonario saca al siguiente aspirante a candidato es espectacular, pero la prensa no deja de hablar como si fuera impensable e imposible que Trump fuera nominado. Cada vez que el aspirante ha sacado los pies del plato con declaraciones hasta ahora impronunciables, los periodistas se han precipitado a expedir el correspondiente certificado de defunción política, solo para ver cómo su popularidad volvía a crecer.

Y es que, como cantaba Bob Dylan, los tiempos están cambiando.

Publicado en: La Gaceta (31/12/2015)

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